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Bienvenido a la sección Terapia de Madrid Psicología

Una terapia es un proceso de autodescubrimiento en el que iremos encontrando claves sobre el sentido de nuestra existencia, y que debería conducirnos a una vida más plena y más auténtica. En otras palabras, una terapia es un viaje interior cuyo destino somos nosotros mismos.

Objetivos de una terapia. Para qué sirve una terapia (3/3)

objetivos terapéuticos– Controlar nuestra propia conducta y nuestros deseos, y no que ellos nos controlen a nosotros. Asumir la propia vida para protagonizarla y vivirla con plenitud en lugar de aspirar a protagonizar la vida de otro que se percibe como más bella o más rica que la propia. Es decir, superar las dependencias emocionales.

 

– Aprender a sostenerse uno mismo, y por sí mismo, sin necesidad de depender de nada ni internamente (pensamientos repetitivos u obsesivos, rituales de tranquilidad, etc.) ni externamente (sustancias, personas, etc.). O sea, tener la suficiente solidez como para sujetarnos (“ser sujetos”) a nosotros mismos y a nuestro mundo. Podría decirse que todos estamos obligados a ser el “atlas” que soporta el peso del mundo (de nuestro mundo) sobre las propias espaldas.

 

– Aprender a relacionarse adecuadamente con los demás: familiares, amigos, pareja… y aprender a dar y recibir lo justo, sin invadir a los demás ni dejarse invadir por ellos, sin exigir demasiado y sin darse demasiado (tanto que correríamos el riesgo de perdernos). Es decir, saber manejar y gestionar la dialéctica de lo propio y de lo ajeno.

 

– Administrar adecuadamente los medios y los fines (sin pagar enormes precios por ganancias ínfimas, normalmente de orden afectivo) y responsabilizarse maduramente de las consecuencias de nuestros actos. Una terapia casi siempre incluye un elemento de maduración, responsabilidad y crecimiento personal.

 

– Aceptarnos como somos, ni más ni menos, y reconciliarnos con el propio pasado, físico, edad, limitaciones, etc. O sea, aceptar lo que hay, sin idealizarse ni rebajarse. Podríamos llamar a esto una ducha “fría” de realidad.

 

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Carta al niño que fuimos (2/4)

carta al niño interior. Niño secretoY así nos sentamos a escribir una carta al niño que fuimos. ¿Qué le diremos, en qué términos nos dirigiremos a él, qué sentimientos y qué reacciones nos provoca? ¿Hemos sido fieles a sus ideales o le hemos traicionado? ¿Nos sentimos culpables por no haber intentado cumplir nuestro sueños o, al contrario, estamos satisfechos con cómo hemos venido dirigiendo nuestra vida hasta el presente?, etc.

 

Es muy posible que tomemos conciencia de que, en algún momento, erramos el camino, es decir, de que en algún momento empezamos a alejarnos de nosotros mismos, a perdernos en la espesura. Si es así, sería muy conveniente profundizar en ese sentimiento, por muy doloroso que resulte. ¿Somos capaces de aislar el momento o los momentos en los que perdimos la autenticidad/inocencia? ¿Cómo paso? ¿Qué hicimos y por qué? ¿Cómo lo justificamos ante nosotros mismos? ¿Qué significa, para nosotros, ser auténtico o inocente?

¿Somos capaces de aislar el momento en que perdimos la inocencia?

Por supuesto puede ocurrir (lo que, evidentemente es muy excepcional en la clínica) que la práctica de este ejercicio nos deje reconfortados y revitalizados y que nos permita recuperar apaciblemente aquellas sensaciones de autenticidad y de viveza. Puede que incluso nos sintamos orgullosos de haber ido consiguiendo las metas que nos propusimos o de haber sabido renunciar a ellas maduramente. En estos casos aún solemos conservar una cierta sensación de sana inocencia que, en cierto grado, es esencial para una vida plena (ojo, inocencia, que no ingenuidad).

 

Por supuesto, una parte muy importante de la carta puede referirse a nuestra actual y pasada relación con los padres, lo que suele aportar claves importantes sobre nuestra manera de relacionarnos actualmente con otras personas de nuestra vida, especialmente con la pareja si la hay, los amigos íntimos y las figuras de autoridad.

 

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Práctica de carta al niño que fuimos (1/2)

NIño interior. Niño secreto.Coge papel y lápiz o un ordenador, como te sea más cómodo.

 

Realiza el ejercicio de conexión con el centro. Respira hondo varias veces intentando no pensar en nada, simplemente siente cada una de tus respiraciones. Sitúa tu atención en el cuerpo y no en la mente, sobre todo en el pecho, a la altura del corazón. Déjate sentir lo que hay allí, lo que te salga, sin distorsionarlo ni juzgarlo; que tu mente no tape tu corazón. Esos sentimientos no son buenos ni malos, son lo que son, no los adulteres poniéndoles palabras. Deja pasar por lo menos un par de minutos dedicado sólo a sentirte a ti mismo.

 

Ahora intenta recordarte de pequeño, pero una vez más no lo hagas desde la mente sino desde el centro, desde el corazón, desde el sentimiento. Intenta sentirte tal y como te sentías entonces. Puedes utilizar cualquier recuerdo que te venga. ¿Qué personas hay a tu alrededor? ¿Dónde estás? ¿Qué sientes? ¿Qué quieres? ¿Cuál es la edad con la que te ves?

 

Probablemente esa edad, la que a ti te venga, sea aquélla con la que, por lo que sea, mejor te vendría entrar en contacto. Muchas veces he podido comprobar una sabiduría natural que nos guía justo a los momentos y los acontecimientos de nuestro pasado más relevantes o a aquéllos que aún están esperando solución. A veces sólo hay que tirar un poco del hilo para desatar el nudo. Así que si te viene algo, no intentes forzar las cosas, escúchate y atiende al mensaje que te estás dando a ti mismo, atiende a la sabiduría profunda de tu propio inconsciente. Si no te viene nada o no te ves en ninguna edad determinada, puedes verte con la que quieras, por ejemplo con 7 u 8 años.

Atiende al mensaje que te estás dando a ti mismo, atiende a la sabiduría de tu inconsciente.

Ahora imagina que tienes una máquina del tiempo por la que puedes hacer pasar sólo un papel. Al otro lado de la máquina estás tú mismo cuando tenías justo esa edad con la que te has visto. Intenta “meterte” en el ejercicio y creerte la situación al máximo. Otra persona puede ayudarte a ello (por ejemplo, leyéndote estas instrucciones). Ahora abre los ojos y empieza a escribirte una carta a ti mismo cuando tenías esa edad. Empieza con un “querido/a” seguido de tu nombre; y luego continúa como te salga, sin pensar demasiado ni pretender ser literario (ni tampoco lo contrario).

 

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Qué es una terapia psicológica (1/2)

Hay muchas maneras de entender qué es una terapia, lo que por supuesto no quiere decir que todo vale. Aquí ensayo algunas definiciones:

 

Una terapia es…

…un proceso de autoconocimiento que nos descubrirá verdades profundas sobre nosotros mismos y nuestro mundo.

Una terapia es…

…una aventura compartida entre dos, o más, personas que irá clarificando nuestra vida al hilo de una comunicación sincera y amorosa.

Una terapia es…

…un proceso de crecimiento y de maduración que nos ayude a asumirnos como somos, a contactar con nuestro centro y a liberar nuestro fondo natural de creatividad y de disfrute innato.

Una terapia es…

… la búsqueda de la armonía entre cuerpo, mente, alma y espíritu.

Una terapia es…

…una búsqueda de las claves existenciales que nos permitan llegar a un mayor grado de hondura y de plenitud vital.

Una terapia es…

…un camino interior cuyo destino somos nosotros mismos, un camino que nos conducirá a un horizonte existencial más amplio y luminoso.

Una terapia es…

…la forja de una identidad más válida, más genuina y mejor arraigada, que nos aclare suficientemente, sin deformaciones ni espejismos, quiénes somos.

Una terapia es…

…un periplo épico en el que despertaremos y entrenaremos al héroe mítico que todos llevamos dentro para que, armado de valor y de verdad, se enfrente y derrote a los monstruos que nos habitan.

 

Seguir leyendo: qué es una terapia 2/2

Psicólogo Ansiedad Madrid

Psicólogo Ansiedad Madrid

Para mí, como psicólogo, ha sido muy importante darme cuenta de que (al menos en los casos que he tratado tanto online como en mi consulta de Madrid) la ansiedad no se presenta como un cuadro clínico “estándar” (a la manera de una enfermedad médica) sino que es distinta en cada persona y que requiere un tratamiento personalizado, único para cada caso. Y vienen tantos casos, que al final muchos nos estamos convirtiendo en auténticos especialistas en la ansiedad. Si bien, como veremos, no existe una especialización en ansiedad, porque la ansiedad sólo es el síntoma, el fondo siempre es otro.

También he descubierto que, en general, los diagnósticos clásicos de “trastorno de ansiedad”, “ataque de pánico”, “ansiedad generalizada”, etc. no terminan de ser útiles para resolver el problema, sino que, muy al contrario, se convierten en un obstáculo que puede bloquear el proceso, ya que al final, el diagnóstico acaba cristalizando, enquistándose, por decirlo así, y generando una pseudo-identidad de enfermo o de víctima que normalmente es lo primero que hay que desmontar.

Si para un médico es cierto que no hay enfermedades sino enfermos, mucho más lo es para un psicólogo. La ansiedad es diferente de una persona a otra y de una situación a otra, y el psicólogo tiene que acertar a construir un modelo válido y un tratamiento adecuado para cada individuo concreto y en cada situación concreta. La terapia siempre tiene que ser personalizada. Y esto debería tenerlo en cuenta todo psicólogo.

Los pacientes normalmente empiezan explicando cómo se originó la ansiedad y cómo se manifiesta en el presente, de qué manera ha ido evolucionando y, lo que es más importante, cómo han descubierto que lo que “de verdad” les pasa es que tienen ansiedad. Es decir, utilizan la ansiedad como tarjeta de presentación.

Cuando les pregunto a qué atribuyen esa ansiedad, suelen desconcertarse ante la pregunta y decirme que no lo saben. La tienen y punto, como el que tiene una úlcera o un tumor y nada pueden hacer al respecto. Pero, afortunadamente para ellos y para mí, esto no es así. La ansiedad es una perturbación emocional y sobre nuestras emociones sí que tenemos algún control. Sólo que el paciente no sabe cómo hacerlo. Por eso viene al psicólogo.

En seguida les explico que vamos a seguir un método especial. Y que tienen que comprender que en su mundo psíquico nada ocurre porque sí, sino que esa “ansiedad” aparentemente injustificada tiene una causa y un “mantenimiento” que la hace continuar presente. Y que en seguida lo descubriremos. Es más, será él mismo (con mi ayuda) quien vaya intentando desentrañar el sentido de su propia ansiedad. Para que luego podamos diseñar juntos la mejor estrategia para enfrentarnos a ella.

Normalmente el proceso no es muy largo, basta una breve revisión biográfica para aislar la grieta o la falla del carácter por la que “se han colado” los síntomas. Y así empezar a entender por qué está ahí esa ansiedad y a barruntar qué hay que hacer para taponar la grieta, es decir, para combatir la ansiedad.

Para alcanzar este primer objetivo, no suelo necesitar más de tres o cuatro sesiones (aunque, por supuesto, esto es muy variable). Lo más importante, sobre todo en estas primeras sesiones, es escuchar sin prejuicios y sin “contaminar” al paciente con las ideas preconcebidas del terapeuta. Siempre hay que mostrar el máximo respeto a cada paciente, tanto a él como a su particular manera de vivir el mundo y sus problemas.

Digámoslo de otro modo, en un primer momento, es el psicólogo el que tiene que aprender del paciente y no al revés. Y lo que tiene que aprender es cuáles son sus focos de problematicidad y cómo intervenir en ellos de la manera más adecuada. Luego, contando ya con toda la información, habrá que abordar adecuadamente al caso y siempre en estrecha colaboración entre el psicólogo y el paciente, que es el que de verdad sabe lo que le pasa y, en el fondo, sabe hasta cómo superarlo.

Por supuesto, me cuido muy mucho de caer en el error de algunos “profesionales”, que parecen saber mejor que el propio paciente cuál es su problema y, muchas veces, ni si quiera lo escuchan, sino que, en cuanto huelen la “ansiedad”, en seguida se lanzan a hacerle pasar por el aro de su técnica favorita, así “a pelo”. Pero eso es tratar a los pacientes como piezas o como máquinas iguales que requieren de un tratamiento estándar, y no como seres únicos con una problemática única, es decir, como personas libres (aunque de momento no lo sean).

Me tomo la libertad de señalar que ésta es una técnica terapéutica nefasta y tiene su origen en la falsa creencia de que los problemas psicológicos hay que tratarlos de la misma manera que los orgánicos. Tradicionalmente ha habido un cierto “complejo de inferioridad” entre los psicólogos cuando se comparan con los médicos o con otros “científicos” de “ciencias duras”. Y como un neurótico acomplejado, la psicología ha intentado copiar los métodos y las formas de la medicina o de la psiquiatría, en donde poco importa comprender a la persona para operar una apendicitis o unas cataratas.

Pero en psicología no ocurre así, sino justo lo contrario, sólo escuchando realmente (e incluso amorosamente) a nuestros pacientes, podemos llegar a entender qué es lo que está pasando en cada caso. Y sólo así podremos intervenir con acierto sin sentirnos perdidos o desbordados. Lo que desde luego no vale es dar tratamientos en serie a problemas en serie. Insisto, en psicología todo caso es caso único.

La terapia consiste precisamente en abrir un espacio en el que una persona pueda llegar a comprender y a vivir su propia verdad personal, original e intransferible. Es decir, a encontrar y asentar su identidad real, de tal forma que pueda empezar a sentirse completo. Y en este proceso de poco ayudan los test, las estadísticas, los diagnósticos, los tratamientos estándar, etc. que pueden ser muy útiles para otros fines, pero no para ayudar a las personas a ser más plenamente ellas mismas.

Volviendo al tema de la ansiedad. Si se escucha verdaderamente a la persona que se tiene delante, suele ocurrir que en muy pocas sesiones, a veces incluso en la primera, queda más o menos claro dónde está el problema, cómo se ha ido gestando y cuál sería la mejor manera de enfrentarlo. En mi próximo artículo expondré claramente cuáles han sido, en la mayoría de mis casos, y por experiencia propia, los tipos de problemas que traían los pacientes con ansiedad y el modo de intervenir en ellos. Muchas gracias por la lectura de este artículo.

¿Qué es el Conductismo?

Qué es el conductismo y la psicología conductistaConductismo: la tecnología del comportamiento.

«Dadme a una docena de niños sanos y bien formados y mi propio mundo específico para criarlos, y os garantizo que escogeré uno al azar y lo educaré de manera que se convierta en un especialista en cualquier rama que yo elija (…), cualesquiera que sean sus aptitudes, inclinaciones, propósitos, talento o ascendencia…».

John B. Watson

La psicología contemporánea parece un gallinero donde cada escuela cacarea su ortodoxia, sorda a toda posible aportación de las demás. Pues bien, en las facultades españolas (no así en las de otros países) las escuelas dominantes o, por así decirlo, las “gallinas–reina” son, sin duda, el cognitivismo y el conductismo.

El modelo conductual nace con la publicación del manifiesto conductista del americano J. B. Watson (1913), posteriormente muy ampliado por el también americano B. F. Skinner. Watson intentará situar la psicología como una rama de las ciencias naturales cuyo único objeto de estudio sea la conducta observable. No debemos olvidar que el conductismo se cocina en un contexto brutalmente positivista y mecanicista y bebe de todos los tópicos de la época: asociacionismo, determinismo, atomismo, materialismo… De hecho, aún se nota, en algunos ambientes académicos este tufillo ilustrado. Y se sigue definiendo la psicología, casi unánimemente, como “la ciencia de la conducta”.

Además de la conducta entendida en términos de estímulo del medio y respuesta del organismo, actualmente suele admitirse la existencia de otras instancias teóricas como pueden ser las disposiciones y variables internas del organismo. De aquí, surgirá la “hermana mayor” del conductismo, la psicología cognitiva, que también pretende fundar una ciencia empírica, pero esta vez de los procesos psíquicos que no son directamente observables como pueden ser la atención, la memoria, la motivación, el pensamiento, la emoción… Para un “conductista puro”, el pensamiento y la emoción no serían más que otra forma de comportamiento, que podría actuar perfectamente en el papel de estímulo o respuesta según el caso.

El primer conductismo consideraba que las mismas leyes y mecanismos que gobiernan el aprendizaje animal (condicionamientos), pueden explicar causalmente la totalidad del comportamiento humano. De hecho, la forma típica de investigación en psicología conductista ha venido siendo la experimentación animal: ratas, palomas y gatos resolviendo laberintos o cajas-problema con toda clase de artilugios. De esta manera se hacía posible “medir” la conducta en términos de estímulos y respuestas [paradigma E-R], mensurables numéricamente (por ejemplo: cuantas veces el ratón aprieta una palanca por unidad de tiempo) y luego, Darwin mediante, extrapolarlo a lo humano sin más precauciones. Posteriormente este “darwinismo” se irá corrigiendo, aceptando, al menos, otras dos formas de aprendizaje (casi) exclusivamente humanas: imitación de modelos y seguimiento de instrucciones.

Las aportaciones teóricas fuertes del conductismo son esencialmente dos, el condicionamiento clásico y el condicionamiento operante o instrumental.

El ruso Ivan P. Pavlov (1889), en el contexto de estudios fisiológicos, fue el primero en condicionar una respuesta en un laboratorio experimental. Pavlov consiguió que un perro aprendiera la relación entre dos estímulos, la comida y el chasquido de un metrónomo, que se presentaron juntos varias veces. Así, un estímulo neutro como es el metrónomo que antes no producía respuesta alguna queda asociado a un estímulo incondicionado que sí la producía: la comida; de tal manera que el estímulo neutro (ahora condicionado) de lugar a la respuesta de salivación (que, además, puede medirse perfectamente en centímetros cúbicos de saliva). De este logro de Pavlov acabará surgiendo la noción de condicionamiento clásico, que puede entenderse como un lazo de unión entre dos estímulos (como el metrónomo y la comida) tanto más intenso cuántas más veces se presenten juntos ante un organismo.

En el condicionamiento operante o instrumental (de Thorndike y otros) lo que se aprende es la relación de una conducta con la recompensa –premio o castigo–, que la sigue. Por ejemplo un ratón que aprende a apretar una palanca que le proporciona una ración de comida o que le evita recibir descargas eléctricas en las patas. Un perfecto ejemplo de condicionamiento operante en humanos serían las máquinas tragaperras, que están diseñadas siguiendo la proporción de premios que más rápidamente condiciona la respuesta de juego, es decir la que más engancha.

A pesar de su aparente sencillez, estas son unas técnicas muy poderosas que funcionan (con limitaciones) en el ser humano, que no deja de tener su “parte animal” condicionable. De hecho, cada vez más psicólogos de orientación cognitivo-conductual ayudan a diseñar campañas políticas, empresariales o publicitarias, hasta el punto de que esta rama “práctica” de la psicología –sobre todo los recursos humanos– está fagocitando las especialidades tradicionales de psicología clínica y educativa.

 

El conductista es, en definitiva, un ingeniero del comportamiento, un mecánico de la conducta, humana o animal. Y su teoría recuerda a la de Newton que aunque filosóficamente muy débil, tiene indudable utilidad práctica.

 

Rafael Millán

 

Los horcones: una utopía conductista.

Las ideas conductuales de Skinner pueden elevarse a filosofía de vida como lo demuestra la comunidad mexicana de los horcones. Un grupo que ha decidido organizar su existencia “científicamente” en una comunidad que controla las contingencias estímulo-respuesta del entorno y que constituye toda su convivencia sobre las leyes del conductismo. Aquí, la ciencia de la conducta toma las dimensiones de un auténtico experimento social. Ya Skinner describe una utopía parecida en su novela Walden Two.

www.loshorcones.org.mx

Objetivos de una terapia. Para qué sirve una terapia (1/3)

objetivos de una terapia, para qué sirve una terapiaEl principal objetivo de una terapia sería el de alcanzar una identidad más estable y más auténtica, una vida más plena y una verdad personal más honda. Ya se ve que las tres cosas son las misma, diferentes formas de referirnos a eso que metafóricamente podríamos llamar “salud” psicoemocional, y que es lo mínimo que puede esperarse de la vida. Es más, yo creo firmemente (y mi experiencia lo demuestra) que, si de verdad se quiere, casi siempre es posible alcanzar esa salud por desesperada que parezca la situación de partida. Al menos habría que “morir luchando” y nunca conformarse con el propio sufrimiento.

 

Dependiendo de las carencias específicas de cada uno, a esa “salud” podría llegarse de diferentes maneras. Lo normal es que la demanda inicial por la que se ha decidido iniciar una terapia y los objetivos que en ella se vayan planteando cambien y mucho según avanza el proceso, se madura y se profundiza en uno mismo. No obstante, podemos intentar aislar algunos de los objetivos terapéuticos más habituales:

– Liberar energías y afectos bloqueados o represados que, a pesar de ser propios, se hallaban como secuestrados, es decir, fuera del alcance y la voluntad de la persona que, hasta ese momento, se venía sintiendo cansada, hastiada o desmotivada, como si no dispusiera libremente de sí. Se trata de devolver a la persona lo que es suyo. Este proceso se parece a la recuperación de una larga convalecencia en la que nos vamos reencontrando con las fuerzas perdidas.

 

– Revitalizar, tonificar y descongestionar emocionalmente. Gastamos a veces mucho esfuerzo y dinero en tonificar y revitalizar nuestra piel o nuestro aspecto exterior; pero mucho más importante (incluso para el atractivo personal) es revitalizar y tonificar nuestra interioridad.

 

– Hallar las claves (hace tiempo perdidas) del propio malestar, y recuperar o construir las herramientas necesarias para enfrentarlo. O, dicho de otro modo, encontrar el mapa que conduce al tesoro de nosotros mismos.

 

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Introducción a Materiales Psicológicos (2/2)

Otra manera de verlo: vivir es un ir conectando y encajando nuestras vivencias en una unidad armónica de sentido, como si estuviéramos construyendo un puzzle, sólo que improvisando, es decir, sin la imagen de referencia que viene en la caja.

 

O como colgando perchas, enganchando unas en otras para que se sostengan. Si la primera percha no está colocada sobre un perchero firme, toda la estructura se vendrá abajo. Y ese perchero no es otra cosa que nuestra propia autenticidad.

Por suerte es posible volver al centro, volver a vivir la vida desde el corazón, desde su núcleo real.

Para ello habrá que irse enfrentando a todo el material que fuimos dejando por el camino en esa «huida de nosotros mismos». Nos alejamos del centro porque dejamos “asuntos pendientes”, elementos sin procesar, sin madurar, a medio hacer.«Volver» pasa por ir haciendo madurar todas aquellas partes de nosotros mismos que no están bien procesadas, que son las que nos están lastrando, las que nos pesan en la conciencia.

 

Para ello, al menos para empezar a tomar conciencia del problema (si es que lo hay), propondré dos ejercicios y un “mini ejercicio”, por llamalros así. Los tres están muy relacionados y podríamos decir que son prácticas de autenticidad.

 

El primero es un intento de “reconectar” con lo más genuino que hay en nosotros (nuestro “corazón”) de una manera vivencial y sentida, a través de una propuesta similar a la meditación, tal y como yo la entiendo. Esta “conexión” será la base de todos los demás ejercicios, puesto que, idealmente, habrá que realizarlos siempre desde nuestro propio centro. Si quieres ir directamente a este ejercicio pulsa aquí.

 

El otro consiste en intentar recuperar sensaciones y vivencias perdidas de nuestra infancia escribiendo una carta a nuestro “niño interior”, que será un buen representante de nuestra inocencia. Si bien, como explico más adelante, este ejercicio puede realizarse de muchas otras maneras. Para acceder a él pulsa aquí.

 

Los complemento con un “ejercicio relámpago” con el que puedes darte cuenta de cómo se ha embotado (o no) tu conciencia moral.

 

Viene de: https://madridpsicologia.com/introduccion-a-materiales-psicologicos-12/

Meditación. Conectando con el Corazón (3/3)

Conexión con el corazónLo que tenemos que hacer, nos guste o no, es echarle valor y enfrentarnos a lo que encontremos. Puede que al principio parezca imposible, pero con un poco de práctica, de tiempo y, tal vez, de ayuda, nos iremos fortaleciendo lo suficiente como para procesar o metabolizar todo eso que se ha ido quedando acumulado ahí, obturando y obstaculizando nuestra conexión con nosotros mismos.

 

Podríamos decir que “eso que se ha quedado ahí” son vivencias o experiencias en crudo o a medio hacer, que no han sido adecuadamente masticadas; como un trozo de comida atragantado que no podemos ni expulsar ni digerir, y que, por tanto, nos duele a cada rato.

 

La forma de digerir un contenido psíquico es a través de la atención consciente, que es lo que perseguimos con este ejercicio: prestar atención a nuestro corazón. Podemos imaginar nuestra atención como un foco de luz que normalmente está dirigido fuera. Ahora intentaremos dirigirlo dentro, hasta alumbrar nuestro mismo centro. No debemos preocuparnos de si hay dolor o miedo, es normal que lo haya. Y observándolo acabará por disolverse como un azucarillo.

Entrando en contacto con nosotros mismos iremos derritiendo esos terrones de dolor.

Entrando en contacto con nosotros mismos iremos derritiendo esos terrones de dolor. De hecho el dolor o el miedo son como las sombras, no tienen una esencia propia, sino que son sólo la misma falta de claridad. Será la luz de nuestra conciencia quien, atenta y despierta, acabará con ellas, como una linterna acaba con la oscuridad.

 

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Artículo relacionado:

https://madridpsicologia.com/como-meditar-practica-de-la-conexion-con-el-corazon-13/

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Más apuntes sobre mi manera de entender la terapia

Una psicoterapia es un tiempo que te dedicas a ti mismo, que te pertenece sólo a ti y que puede aprovecharse de muchas maneras, según lo vaya pidiendo la propia marcha del proceso.

 

El terapeuta tiene que asistirte y ponerse a tu servicio, pero sin contaminarte con sus propios sesgos, ideologías o “puntos ciegos”; o sea, tiene que estar en “lo tuyo” sin meter “lo suyo”. La terapia debería configurarse como un espacio de libertad flexiblepara que puedas utilizarlo de todas las maneras que vayan siendo necesarias en cada fase del tratamiento.

Todo es una cuestión de equilibrios. La terapia ha de tener, simultáneamente, la suficiente estructura como para no perder el hilo conductor que va enhebrando las sesiones hacia su destino último: ayudarte a encontrar una verdad personal más honda y vivir una vida más libre y auténtica o, dicho en otras palabras, llegar a ser más plenamente tú mismo. En esa tensión creativa entre la libertad y la estructura tiene que irse moviendo la terapia.

En la tensión creativa entre la libertad y la estructura tiene que irse moviendo la terapia.

De otro modo, si no hay una “forma”, un “objetivo” y un encuadre claros y determinados, podemos acabar teniendo la sensación de que estamos dando vueltas sobre lo mismo; o de que no acabamos de ir a ninguna parte. Hay terapias, o más bien, maneras de estar en terapia, que parecen fláccidas, “gelatinosas” o “neblinosas”, y esto es tan negativo como lo contrario: un proceso demasiado rígido y esclerótico que no abra el espacio necesario para tu desarrollo, o que no pueda acoger en sí la flexibilidad y la diversidad dinámica de tu proceso.

 

Lo que, por supuesto, nunca debería hacer el terapeuta, es opinar gratuitamente sobre tu vida, ni mucho menos imponerte una única manera de ver las cosas o intentar hacerte pasar por las horcas caudinas de una visión de escuela (sea ésta la que sea: conductual, cognitiva, psicoanalítica, humanista…).

La vida real no puede envasarse al vacío ni encorsetarse en los estrechos presupuestos de los modelos teóricos. Las personas no somos piezas iguales que necesiten un mismo tratamiento estándar en una cadena de montaje. Tu vida interior es algo único y concreto que acabará por rebasar la teoría. Cualquier intento de encajonarla en cómodas doctrinas prefabricadas significa ejercerle algún grado de violencia.

 La vida real no puede envasarse al vacío ni encorsetarse en los estrechos presupuestos de los modelos teóricos.

Aunque, por supuesto, y una vez más, todo es una cuestión de medida: el terapeuta tiene que saber ayudarse, cuando sea necesario, de las herramientas que las diferentes escuelas de psicoterapia han ido poniendo a su disposición y, si tú lo deseas (pero sólo entonces) adecuar el tratamiento a una escuela de referencia. Por eso el terapeuta debe ser solvente, es decir, disponer de un amplio arsenal de herramientas terapéuticas que poder ir empleando según vayan siendo necesarias. Lo que desde luego no debería ocurrir nunca es que alguien se vea sometido a un tipo de tratamiento que no desea.

 

Un psicoanálisis clásico, por ejemplo, puede durar años y hacer más mal que bien si no se cierra correctamente (de lo que, además, nunca hay garantía). Por el contrario, tampoco sería adecuado quedarse en una mera intervención de superficie, cognitivo-conducutal, cuando el caso “pide” o el paciente demanda una remodelación de orden más profundo.

 

Existen muchas formas de terapia y todas ellas pueden ser útiles, pero ninguna es una panacea o una herramienta universal aplicable a todos los casos o problemas. Al menos tendrías que sentir que el terapeuta te ha explicado suficientemente lo que quiere hacer contigo, qué método te recomienda y desde qué presupuestos va a manejar tu proceso y, por supuesto, adaptar el método a ti y a tu problemática específica, y nunca al contrario.

«Enfermedad Mental»

Enfermedad mental”

Sólo podemos hablar de enfermedad mental como metáfora. El sufrimiento psíquico NO es una unidad monolítica que caiga fatalmente sobre uno como una pancreatitis o una úlcera, sino más bien un estado de ánimo enrarecido, un desajuste en la dinámica de los componentes de la personalidad: emociones, afectos, pensamientos, impulsos, deseos, fantasías, etc. Cuando estos elementos, por diferentes causas, se desarticulan, como puede ocurrir en cualquier sistema complejo, hablamos de desestructuración de la personalidad. Por el contrario, cuando actúan armónicamente coordinados en una unidad de acción y decisión coherente estaríamos en el caso de la “salud mental”.

La desarticulación es la que genera una visión del mundo (y una instalación existencial) deformada y subjetiva, adulterada con residuos infantiles y narcisistas, en la que el paciente se constituye a sí mismo como centro. Todo es en su favor o en su contra, sólo ve aliados o enemigos (neurosis). O, aún peor, se vivencia en el epicentro de “importantes conspiraciones” contra él (psicosis). En fin, que se las arregla para fingir un universo perpetuamente referido a él (narcisismo).

Los desajustes se asocian, invariablemente, con una pérdida de la propia identidad: por diferentes motivos, no se acaba de acertar a ser quién uno es (en su edad, situación, vocación, etc.). Por eso se siente un “vacío” que no es más que vacío de sí mismo (pérdida de identidad) y vacío de realidad (se vive en un mundo falso y acolchado de prejuicios, que, por tanto, no llena).

Con ello, claro, se obtienen algunas ventajas secundarias: victimación, atención de los demás, inflación de la propia importancia (aunque sea por “estar enfermo”) y, sobretodo, vivir en un mundo que, al estar falseado o ser irreal, no compromete y en el que se puede culpar a los demás (o a la sociedad o a los padres…) a discreción, sin asumir responsabilidades, es decir, se puede seguir siendo, ficticiamente, un niño. En el fondo, de lo que se huye es de la propia libertad y madurez.

A pesar de la confusión terminológica reinante en las psicologías, trataré de decir algo sobre las dos formas más comunes de desestructuración: neurosis y psicosis, cuya diferencia es, para muchos, sólo una cuestión de grado. Y consideraré otros cuadros (depresión, fobias, paranoia…) como síntomas derivados de aquellas.

Neurosis

Es posiblemente el término más empleado en psicopatología, y lo es porque nadie sabe muy bien lo que significa. Grosso modo, podríamos decir que el neurótico sufre porque no vivencia adecuadamente su realidad afectiva, social o emocional debido a que carece de una identidad clara y viable. No sabe quién es, y, por eso, muchas veces juega a buscarse en los estereotipos sociales que adopta de manera rígida e impostada, pero que son incapaces de satisfacerle, debido a que su deseo es desproporcionado, fantaseado e incolmable. Necesita la aprobación de los demás, que rígidamente prefiere sobre su propio criterio (por eso decimos que carece de identidad definida).

Psicosis

Es otro gran cajón desastre donde cabe todo lo que el “profano” llamaría locura en sentido fuerte. Normalmente se identifica también con el grupo de las esquizofrenias. En la psicosis se sufre una pérdida de identidad aún mayor que en la neurosis. Si el neurótico no sabe quién es, el psicótico va más allá y se cree quién no es (Cristo, Buda, Napoleón…). En la neurosis se tienen “alucinaciones afectivas o emocionales”, pero es en la psicosis cuando llegan las verdaderas alucinaciones perceptivas. Así, el psicótico construye su realidad sobre presupuestos absurdos para los demás. La psicosis es, en definitiva, una huida de un mundo real invivible hacia otro irreal, pero soportable.

Rafael Millán

¿Qué es la ansiedad?

ansiedadLa ansiedad es una reacción desproporcionada del cuerpo y de la mente ante una amenaza que no existe. Para intentar comprenderla, empecemos por analizar la respuesta ante una amenaza que sí sea real. Si te parece bien y para tener un punto de referencia, puedes prestar atención a tus sensaciones corporales y al latido de tu corazón. Bastan unos pocos segundos mientras lees. ¿Ya? Bien. Ahora, centrémonos en la amenaza. Nos sirve cualquier cosa que te asuste. Un desconocido en un callejón oscuro, una persona atractiva del otro sexo, la factura del gas, el dentista, tu suegra, etc.

Pero, si me lo permites, y por motivos pedagógicos, voy a caer en el tópico (y perdona mi falta de imaginación) y voy a ponerte delante de un hambriento tigre de Bengala.

Así que, si te parece, hazme el favor y sitúate a un par de metros de sus fauces abiertas y observa cómo se relame de gusto mientras clava en ti su mirada de depredador. Puedes ver sus rayas negras y amarillas que recuerdan a las de una avispa, su pelambre dorada y sus garras afiladas como cuchillos negros. Incluso puedes sentir el hedor a carne podrida de su aliento. Luego observa como se agazapa en la hierba tensando todo su cuerpo como un resorte, a punto de saltar sobre ti. ¿Eres capaz de imaginarlo realmente?

Si has conseguido “meterte” en la situación puede que hayan pasado algunas cosas. Si no, no pasa nada, llámame y te envío por correo un auténtico tigre de Bengala.

Bromas aparte. Está claro que en una situación de amenaza, tu cuerpo y tu mente, ¡gracias a Dios!, disparan toda una serie de mecanismos de emergencia. Especialmente dos, la activación y el miedo.

Es posible que tú también hayas notado ambas cosas con este ejercicio (un poco cutre) de imaginación. Ya que una amenaza imaginaria a veces también activa los sistemas defensivos (si no a nadie le asustaría ver una película de terror por ejemplo). Si es así, a lo mejor tu corazón ha empezado a latir más rápido y a bombear más sangre y energía al sistema muscular, a la vez que una gran cantidad de glándulas han empezado a inundar tu torrente sanguíneo con adrenalina, hormonas y otras sustancias destinadas a acelerar y fortalecer el metabolismo y prepararlo para una acción rápida, contundente y eficaz.

También te encontrarás un poco más nervioso, más activado y con más energía. Ya que estos sistemas pueden entenderse como el “dopaje” natural del cuerpo.

Este “dopaje” es útil precisamente para realizar las únicas dos conductas que pueden salvarnos el pellejo: huir y atacar.

(Nota: aunque si te ves en esta situación, hazme caso, y si aún no has desarrollado superpoderes, ¡mejor no ataques!)

Bueno, esto en cuanto a la reacción física. Pero no todo queda en el cuerpo. También hay una respuesta psicológica y emocional que intentará ayudarnos a solucionar este pequeño problema con dientes de sable. Y ese respuesta es, por supuesto, el miedo. Y será ese mismo miedo el que nos impulsará y nos motivará para hacer una de dos: destruir aquello que tememos (atacar) o alejarnos todo lo posible del foco del miedo (huir).

Ya se ve que son dos respuestas muy sabias: doparnos y morirnos de miedo. De hecho, el miedo, como el dolor, es una emoción extremadamente útil y universal, presente en todas las especies animales superiores. Y si no que se lo digan a todos los que se han salvado de ser devorados por un tigre (o devorados por tu jefe, por el dentista, por la suegra…).

Aunque, hay que decir, que, a veces, el mecanismo no funciona todo lo bien que debería y el miedo en lugar de lanzarnos a una acción (el ataque) o a la contraria (la huida), se queda como bloqueado en medio, paralizándonos, en una especie de cortocircuito conductual que no nos lleva a ninguna parte, excepto a convertirnos en el jugoso aperitivo de nuestro buen amigo el tigre de Bengala.

Bueno, hasta aquí todo muy claro (¡y divertido!). Resumamos: ante una situación de amenaza (real o imaginada), el cerebro programa una respuesta fisiológica de activación energética (“doping”) y una emocional (“morirse de miedo”), en un acertadísimo intento de ayudarnos a huir o a atacar. Un tío listo, el cerebro.

El problema empieza cuando nuestro cuerpo y nuestra mente reaccionan como si tuvieran delante un tigre de Bengala pero pero no teniendo delante absolutamente nada. Y, nada, por tanto de lo que huir o a lo que atacar. Es decir, se genera una respuesta de ataque/huida, o en nuestro lenguaje: “miedo + doping” sin que aparentemente haya ningún motivo para ello.

Mucha gente aquejada de ansiedad, lo describe así, de repente y “porque sí”, su pulso empieza a acelerarse, provocándoles una taquicardia o una sensación de arritmia, se ponen a sudar, sienten ahogos o presiones en el pecho, junto con un miedo pánico y un nerviosismo extremo.

Esto les provoca la certeza de que algo muy malo está ocurriendo. Por mucho que lo buscan no encuentran al tigre, y esto, por supuesto, les asusta aún más, hasta el punto de que muchos llegan a pensar que se están volviendo locos (lo que no ayuda precisamente a calmarse). Y como los síntomas son parecidos a los que tradicionalmente se consideran propios de un infarto de miocardio, los que no piensan que están enloqueciendo creen que están en la antesala de la muerte (lo que tampoco resulta muy relajante, que digamos).

De hecho, muchas personas llegan a pasarlo tan mal que acaban en urgencias (normalmente después de asustar a algún amigo o familiar diciéndoles que se están muriendo de un infarto o algo peor). Y es en el hospital dónde les informan de que el problema es “sólo” un trastorno de ansiedad y de que lo mejor que podrían hacer es buscar ayuda psicológica. Y pongo el “sólo” entre comillas, porque “sólo” un médico mal informado puede minimizar el impacto que la ansiedad puede llegar a tener en la vida de una persona, a veces mucho más negativo que el de una enfermedad orgánica. Aunque, eso sí, la ansiedad tiene la contrapartida positiva de que al ser “sólo” un problema psicológico, está en nuestra mano hacer algo para intentar solucionarlo. No somos sujetos pasivos del problema (como con una enfermedad del cuerpo) sino personas activas que pueden arremangarse y ponerse manos a la obra para enfrentarse a él y vencerlo.

Así que, concluyendo, podríamos definir la ansiedad como una respuesta psicosomática desproporcionada ante una amenaza que no existe.

O, en pocas palabras: hay miedo, hay doping, no hay tigre.

(seguimos en próximas entregas)